viernes, 27 de marzo de 2009

Give me a break

Me viene a ver el poeta y amigo Diego Maquieira para entregarme dedicado un ejemplar de "Give me a break", un libro de conversaciones que sostuvo con dos jóvenes, Daniel Hopenhayn y Patricio Hidalgo, durante más de 12 sesiones en el living de su casa. Maquieira se dio el tiempo para largos diálogos, "caminatas espaciales" en las que muchas veces pierde el contacto con la torre de control. Conversar con él es dialogar con la poesía, tal vez lo último gratuito que nos va quedando en tiempos de escasez de aire. Qué difícil es traducir "give me a break": tal vez "dame un respiro". Es pedir una tregua en la carrera desbocada y loca de los días.
¿Y un respiro para qué? Para ser, para estar, para conversar, para perder el tiempo. Porque el tiempo y la muerte nos pisan los talones, y nadie tiene tiempo para nadie, ni siquiera para conversar con los que ama. Y viene diciembre, mes en que todos nos lanzamos a comprar lo que no tiene valor. ¿Y si alguien parara en mitad de esa carrera loca y gritara al cielo "give me a break"? ¿Y si lo hiciéramos todos al mismo tiempo?

Maquieira me entrega el libro y, con la voz quebrada, me comunica una mala noticia: la inesperada muerte, a los 46 años, del pintor Pablo Domínguez. No puedo creerle. Pero los poetas dicen siempre la verdad. Ha muerto un artista luminoso, un contemporáneo, un celebracionista del mar, las lomas, las montañas, los ríos y los árboles. Un pintor que le devolvió vitalidad e inocencia a la tradición paisajista chilena, y que la habitó con leopardos, cóndores, panteras como sacados de su propio cómic interior.


Con Bororo, Benmayor y Pinto D'Aguiar, Domínguez formó parte de una hermandad de pintores única, un ejemplo de amistad y creación, de comunión en la diferencia. Cuando la amistad y el arte se cruzan así, la luz entra a raudales por las telas y las almas. Me imagino que los amigos de Domínguez deben estar recordando esa vieja frase de Epicuro: "La vida es un dormir profundo, y los amigos nos despiertan a la dicha"..

Vivimos dormidos. Me incluyo. No cultivamos la vieja religión de la amistad y no nos damos cuenta de quiénes son nuestros contemporáneos, siempre pensando que la vida está en otra parte. Pero la vida no está en otra parte, sino aquí. Y aquí hay poetas fulgurantes, como Maquieira; pintores de colores puros y luz propia, como Domínguez, que nos regalan dicha gratis. Pero no tenemos tiempo para ver ni para vernos. Y la muerte es severa y se lleva a los mejores. Como si necesitara alimentarse de su luz. Ha muerto Pablo Domínguez, como ayer, hace más de 50 años, moría el joven pintor Carlos Faz, y su amigo el poeta Lihn, desconsolado, escribía:


"Porque un joven ha muerto,
pido que me demuestren, una vez más, el valor de la vida,
antes de que este cielo de octubre me haga bajar los ojos hacia una tierra en ruinas (...).

Tú y yo lo conocíamos.
No tenía ni el deseo de morir, ni la necesidad, ni el deber de morir;
era como nosotros
o mejor que nosotros,
un hombre entre los hombres,
alguien que día a día hizo lo suyo: reflejar el mundo (...),
transfigurar el mundo".


Domínguez transfiguró nuestro cielo, nuestro mar, nuestras montañas. ¿Qué más se le puede pedir a un hombre, en su paso tan efímero por esta tierra? Y lo hizo con alegría, gozo, tocado por el espíritu de celebración, únicas armas con las que el arte podrá derrotar a la muerte. O, por lo menos, conseguir una tregua. Domínguez no está, pero quedan sus paisajes de colores sensuales e invitantes, en los que uno quisiera perderse como un niño en una tela pintada por otro niño. Y en la fiesta del azul y naranjas mágicos, decir "gracias", gracias al que creó un mundo propio para el goce de las almas. Si algún día se destruye esta tierra, los árboles, el mar, las lomas de Pablo Domínguez serán un refugio soñado desde donde decirles con ojos nuevos y valientes -ojos de niño- a la muerte y al tiempo: "Give me a break"...

lunes, 2 de febrero de 2009

Actualidad

La hora final del libre mercado
Raúl Rivera, desde Madrid, España


La actual crisis financiera mundial es considerada la mayor que se ha visto desde la Gran Depresión de los treinta. Sin embargo, economistas a nivel global dan un paso más, y ya hablan de “la muerte del sueño del capitalismo de libre mercado”.


El pasado 14 de marzo de 2008, la Reserva Federal estadounidense (FED) adoptó una decisión radical. En un momento de extrema fragilidad de los mercados, la autoridad monetaria presidida por Ben Bernanke decidió salvar de la quiebra a Bearn Stern, uno de los más importantes bancos de inversión de Wall Street, en una operación en conjunto con otro de los grandes, JP Morgan Chase.

De esta forma, era la primera vez que en cuatro décadas la FED determinaba un rescate financiero de un banco no comercial, operación que justificó en el riesgo que significa para el sistema la quiebra repentina del quinto banco de inversión de Estados Unidos.

No obstante, para algunos economistas de nivel mundial, esta decisión no sólo tiene consecuencias financieras, sino un significado más profundo. Martin Wolf, uno de los más prestigiosos analistas de Financial Times planteó el asunto: la intervención de la FED, la institución líder del libre mercado, pone fin a un era con su intervención. “El sueño del capitalismo del libre mercado ha muerto la desregulación ha alcanzado su límite”.

Hasta antes de la explosión de las turbulencias financieras, muchas instituciones financieras tomaron riesgos sin límites e inventaron ingenios especulativos -entre otros los créditos hipotecarios subprime- para disfrutar los beneficios de la liquidez del sistema.

Pese a que en el inicio de la crisis Bernanke calificó como “no responsables ni prudentes” los riesgos que tomaron algunas instituciones financieras, la FED mostró decisión a la hora de acudir al rescate de los afectados, aunque eso significará desplazar las pérdidas en la sociedad en general. ¿Como se entiende la decisión de salvar a los imprudentes? Wolf cree que la respuesta está en el costo político que significa una profundización de la crisis, incluso si eso significa el millonario rescate de los irresponsables.

Esta semana, los comentarios de Bernake ante la Comisión Económica Conjunta del Congreso estadounidense, confirmaron este planteamiento. “Normalmente, el mercado elige qué compañías sobreviven y cuáles fracasan, y así es como debería ser. Sin embargo, las cuestiones planteadas aquí se extendían bastante más allá del destino de una sola compañía”, sostuvo.

En este escenario, Wolf -economista británico considerado uno de los portavoces del neoliberalismo global- cree que “no es sólo una cuestión de simple justicia, sino que también de eficiencia”, alinear los incentivos del libre mercado. En palabras simples, una mayor regulación.
La misma postura expresó Robert Wade, profesor de la London Scholl of Economics, que frente al planteamiento de Wolf señaló que se deben hacer más esfuerzos para frenar “la tendencia de los bancos a ser imprudentes con sus capitales y de inducir a error a los consumidores”, lo que implica enfrentar la lucha contra la regulación de Wall Street y sus grupos de presión.

Lucha
Pero la discusión sobre los estertores del capitalismo financiero no son sólo retórica. Durante el último Foro de Estabilidad Financiera -formado por autoridades económicas y representantes de los bancos centrales de los países desarrollados, además de expertos de las instituciones financieras internacionales- se comenzaron a discutir radicales medidas para luchar contra la crisis del crédito.
En la reunión de la semana pasada, esta instancia comenzó la discusión de soluciones alejadas de la ideología de libre mercado y que consideran una fuerte presencia: recapitalización de los bancos públicos, la compra de los bonos hipotecarios o la suspensión temporal de los requerimientos de capital para las instituciones financieras. Incluso, no descartaron la posibilidad de que los gobiernos anuncien la entrega coordinada de capital a una serie de instituciones, con la ayuda de fondos públicos, para entregar confianza a los agentes de mercado.
A estas propuestas se suma el anuncio del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Paulson, quien presentó la mayor propuesta de reforma del sistema regulatorio financiero desde la Gran Depresión. La idea es crear una “megapolicía” que centralice la supervisión de las entidades financieras, que en la actualidad se encuentra dispersa en distintas instancias gubernamentales.

Pese a la preocupación, las voces de alerta y las propuestas, las preguntas quedan en el aire: ¿existe la voluntad para cambiar las reglas al poder financiero mundial? ¿Las entidades financieras están dispuestas a cambiar un sistema que les permitió en los últimos años obtener las máximas utilidades y que en momento de crisis son salvadas por los gobiernos?

El propio Paulson dio pistas de la realidad. Luego de presentar su programa, reconoció que era difícil que fuera aprobado por el actual Congreso estadounidense y recomendó que la discusión de la iniciativa no se considere hasta después de que termine la crisis del crédito y de la vivienda. El libre mercado no se dejará morir fácilmente.